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Como sobrevivir a una hipoxia: Armando Socarr谩s

Martes, 3 de noviembre de 2009 Enriqueta Alomar Dejar un comentario Ir a comentarios

C贸mo sobrevivir a la hipoxia: Una historia excepcional

Los motores del DC-8 de Iberia tronaron en un ensordecedor crescendo mientras el gran avi贸n rodaba hacia el lugar en el que nos encontr谩bamos acurrucados entre la alta hierba, justo al final de la pista del aeropuerto de Jos茅 Mart铆, en La Habana. Durante meses, mi amigo Jorge P茅rez Blanco y yo hab铆amos estado planeando viajar como polizones en el compartimento para las ruedas de este vuelo, el Iberia 904, que enlazaba sin escalas La Habana con Madrid una vez por semana. Ahora, en el atardecer del 3 de junio de 1970, nuestro momento hab铆a llegado.

Nos dimos cuenta de que 茅ramos bastante j贸venes para estar tomando tan gran riesgo; yo ten铆a 17, Jorge 16. Pero los dos est谩bamos determinados a escapar de Cuba, y nuestros planes hab铆an sido cuidadosamente decididos. Sab铆amos que los aviones comerciales de salida rodaban hasta el final de la pista de 11.500 pies, paraban moment谩neamente antes de dar media vuelta y despu茅s aceleraban estruendosamente por la pista para despegar. Llev谩bamos zapatos con suela de goma para ayudarnos a trepar por las ruedas y carg谩bamos con cuerdas para asegurarnos a nosotros mismos dentro del compartimento para las ruedas. Tambi茅n hab铆amos tapado nuestros o铆dos con algod贸n como protecci贸n contra los alaridos de los cuatro motores. Ahora est谩bamos tendidos sudando de miedo mientras la enorme aeronave giraba sobre s铆 cambiando de postura, el avi贸n despegaba aplastando la hierba de nuestro alrededor. 鈥溌amos a correr!鈥, le grit茅 a Jorge.

Corrimos sobre la pista y esprintamos hacia las ruedas de la parte izquierda del avi贸n moment谩neamente parado. Cuando Jorge empez贸 a trepar por los neum谩ticos de 42 pulgadas de altura, vi que no hab铆a espacio suficiente para ambos en un solo compartimento. 鈥溌robar茅 en el otro lado隆鈥, grit茅. R谩pidamente, trep茅 por las ruedas de la derecha, me agarr茅 a una punta y, girando y retorci茅ndome,聽 me empuj茅 a m铆 mismo dentro del oscuro compartimento. El avi贸n empez贸 a rodar inmediatamente y me agarr茅 a alguna maquinaria para evitar caer. El estruendo de los motores casi me ensordece.

Cuando empezamos a ser transportados por el aire, las enormes ruedas dobles, todav铆a ardiendo por el despegue, empezaron a plegarse en el compartimento. Intent茅聽 allanarme a m铆 mismo contra la cabecera, mientras se acercaban m谩s y m谩s; entonces, desesperado, las empuj茅 con mis pies. Pero presionaron fuertemente hacia arriba, presion谩ndome aterradoramente contra el techo del compartimento.

Justo cuando sent铆a que iba a ser aplastado, las ruedas se bloquearon en su sitio con las puertas de la plataforma bajo ellas cerradas, hundi茅ndome en la oscuridad. Ah铆 estaba, literalmente metido a presi贸n en mi armaz贸n de cinco pies y cuatro pulgadas y 140 libras, entre un laberinto de conductos similares a espaguetis y maquinaria. No pod铆a moverme lo suficiente como para atarme a m铆 mismo a nada, as铆 que aguant茅 mi cuerda detr谩s de un tubo.

Despu茅s, antes de que tuviera tiempo para recobrar mi aliento, las puertas de la plataforma se abrieron de repente y las ruedas se extendieron hacia afuera, en su posici贸n de aterrizaje. Resist铆 por mi querida vida, balance谩ndome sobre el abismo, pregunt谩ndome si habr铆a sido descubierto, si el avi贸n estaba volviendo atr谩s para entregarme a la polic铆a de Castro. En el momento en el que las ruedas empezaron a retraerse hacia dentro, vi algo de espacio extra entre la maquinaria, donde podr铆a apretar sin peligro. Ahora sab铆a que hab铆a espacio para m铆, aunque apenas pod铆a respirar. Despu茅s de unos breves minutos, toqu茅 una de las ruedas y descubr铆 que se hab铆an enfriado. Tom茅 algunas aspirinas contra el estruendoso ruido y empec茅 a desear haber tra铆do algo de m谩s abrigo que mi ligera camiseta deportiva y mis pantalones de trabajo.

Arriba, en la cabina del vuelo 904, el Capit谩n Valent铆n Vara del Rey, de 44 a帽os, hab铆a establecido la rutina de vuelo nocturno, que finalizar铆a en ocho horas y 20 minutos.聽 El despegue hab铆a sido normal, con el avi贸n y sus 147 pasajeros, m谩s los 10 miembros de la tripulaci贸n, despegando a 170 mph. Pero, justo despu茅s del despegue, algo extra帽o hab铆a sucedido. Una de las tres luces rojas en el panel de mando hab铆a permanecido encendida, indicando una retracci贸n impropia del tren de aterrizaje.

鈥淓st谩 teniendo alguna dificultad鈥, pregunt贸 el controlador a茅reo.

鈥淪铆鈥, respondi贸 Vara del Rey. 鈥淗ay una indicaci贸n de que la rueda derecha no ha cerrado correctamente. Repetir茅 el procedimiento鈥.

El capit谩n volvi贸 a hacer descender el tren de aterrizaje y despu茅s lo volvi贸 a subir. Esta vez, la luz roja se apag贸.

Achacando el incidente a una malfunci贸n de poca importancia, el capit谩n centr贸 su atenci贸n en ascender a la altitud de crucero planeada. Cuando se estaba estabilizando, observ贸 que la temperatura en el exterior era de 41 grados Fahrenheit. Dentro, las bonitas tripulantes de cabina de pasajeros (TCP) empezaron a servir la cena a los pasajeros.

Temblando de manera incontrolable a causa del fr铆o glacial, me pregunt茅 si Jorge habr铆a conseguido situarse en el compartimento de la otra rueda y empec茅 a pensar sobre lo que me hab铆a conducido a esta desesperada situaci贸n. La comida era escasa y estaba estrictamente racionada. La 煤nica diversi贸n que ten铆a era la de jugar a b茅isbol y salir a caminar por el rompeolas con Mar铆a Esther. Cuando cumpl铆 los 16, el gobierno me embarc贸 hacia un centro de formaci贸n profesional en Betancourt, un pueblo con plantaciones de az煤car de ca帽a en la provincia de Matanzas. All铆 se supon铆a que deb铆a aprender a soldar, pero las clases se interrump铆an a menudo para enviarnos a plantar ca帽a.

A pesar de mi juventud, ya estaba cansado de vivir en un estado en el que se controlaba la vida de todo el mundo. So帽ando con la libertad, quer铆a ser un artista y vivir en Estados Unidos, donde ten铆a un t铆o. Sab铆a que miles de cubanos hab铆an llegado a Am茅rica y estaban bien all铆. Cuanto m谩s se acercaba el momento de mi reclutamiento, m谩s pensaba en intentar huir. Pero, 驴c贸mo? Sab铆a que dos aviones cargados de gente聽 estaban autorizados a ir de La Habana a Miami cada d铆a, pero hab铆a una lista de espera de 800.000 personas para esos vuelos. Adem谩s, si firmas para marcharte, el gobierno te mira como a un gusano y tu vida empieza a ser menos soportable.

Mis deseos parec铆an ser vanos. Entonces conoc铆 a Jorge en un partido de b茅isbol en La Habana. Despu茅s del partido, empezamos a hablar. Descubr铆 que Jorge, como yo, estaba desilusionado con Cuba. 鈥淓l sistema te quita la libertad para siempre鈥, se lamentaba. Jorge me descubri贸 la existencia del vuelo semanal a Madrid. En dos ocasiones fuimos al aeropuerto de reconocimiento. Una de ellas, un DC-8 despeg贸 y vol贸 directamente sobre nosotros; las ruedas todav铆a estaban bajas y pudimos ver el espacio dentro de su compartimento. 鈥淗ay suficiente espacio para m铆 all铆鈥, recuerdo que dije.

Estos eran mis pensamientos mientras yac铆a tendido en la g茅lida oscuridad, a m谩s de cinco millas sobre el Oc茅ano Atl谩ntico. Por entonces, hab铆amos estado en el aire cerca de una hora y estaba empezando a marearme a causa de la falta de ox铆geno. 驴Realmente hac铆a s贸lo unas pocas horas que hab铆a pedaleado con Jorge bajo la lluvia y escondido entre la hierba? 驴Estar铆a Jorge a salvo? 驴Y mis padres? 驴Y Mar铆a Esther? Ca铆 en la inconsciencia.

El sol brillaba sobre el Atl谩ntico como una enorme esfera dorada, con sus rayos centelleando en el fuselaje plateado del DC-8 de Iberia mientras 茅ste cruzaba la costa europea sobrevolando Portugal. Con el fin del vuelo de 4.636 millas en mente, el capit谩n Vara del Rey inici贸 el descenso hacia el aeropuerto de Madrid-Barajas. La llegada ser铆a a las 8 de la ma帽ana (hora local), coment贸 el capit谩n a los pasajeros por el intercomunicador, y el tiempo en Madrid era soleado y c谩lido. Poco despu茅s de sobrepasar Toledo, Vara del Rey baj贸 el tren de aterrizaje. Como siempre, la maniobra fue acompa帽ada de una sacudida cuando las ruedas golpearon la estela turbulenta y una turbulencia de 200 mph se arremolin贸 a trav茅s del compartimento de las ruedas.聽 Ahora que se acercaba la aproximaci贸n final y una racha de llamas y fuego se desprendi贸 de las llantas cuanto el DC-8 toc贸 la pista a unos 140 mph.

Fue un aterrizaje perfecto, sin sacudidas. Despu茅s de un breve briefing de comprobaci贸n post vuelo, Vara del Rey baj贸 por las escaleras de la rampa y esper贸 en la parte delantera del avi贸n a que llegara un coche a recogerle, cuando cerca de suyo se produjo un s煤bito y suave 鈥減lop鈥, al caer el cuerpo congelado de Armando Socarras sobre el asfalto de la pista bajo el avi贸n. Jos茅 Rocha Lorenzana, un guardia de seguridad, fue el primero en descubrir la arrugada figura. 鈥淐uando toqu茅 sus ropas, estaban congeladas y tan endurecidas como si fueran de madera鈥, dijo Rocha. 鈥淭odo lo que hizo fue emitir un extra帽o sonido, como un gemido鈥.

鈥淎l principio no pod铆a creerlo鈥, explic贸 Vara del Rey acerca de Armando. 鈥淧ero despu茅s fui hacia 茅l. Ten铆a hielo sobre la nariz y la boca. Y su color鈥︹. Mientras miraba al chico inconsciente siendo atado en un cami贸n, el comandante pensaba para s铆 mismo: 鈥溌mposible! 隆Imposible!鈥.

Lo primero que recuerdo despu茅s de haber perdido la conciencia es cuando golpe茅 el suelo del aeropuerto de Madrid. Luego me desmay茅 otra vez y me despert茅 m谩s tarde en el Gran Hospital de la Beneficencia, en el centro de Madrid, m谩s muerto que vivo. Cuando me tomaron la temperatura, era tan baja que ni siquiera se registr贸 en el term贸metro. 鈥溌縀stoy en Espa帽a?鈥, fue mi primera pregunta. Y despu茅s, 驴d贸nde est谩 Jorge?聽 (Se cree que Jorge cay贸 del avi贸n cuando intentaba trepar en el otro compartimento para las ruedas o que se encuentra en alguna prisi贸n en Cuba).

Los doctores explicaron m谩s tarde que mi condici贸n era comparable a la de un paciente que hubiera sido operado 鈥渃ongelado鈥 鈥搖n proceso delicado que se lleva a cabo s贸lo en condiciones muy controladas. El doctor Jos茅 Mar铆a Pajares, quien llev贸 mi caso, denomin贸 a mi sobrevivencia un 鈥渕ilagro m茅dico鈥 y, en realidad, me siento afortunado de seguir vivo. Pocos d铆as despu茅s de mi fuga, recorr铆a el hospital, jugando a cartas con el polic铆a encargado de mi vigilancia y leyendo montones de cartas provenientes de todo el mundo. Me gust贸 especialmente la de una chica de California. 鈥淓res un h茅roe鈥, escribi贸, 鈥減ero no muy sabio鈥. Mi t铆o, Elo Fern谩ndez, que vive en New Yersey, me telefone贸 y me invit贸 a ir a Estados Unidos con 茅l. El Comit茅 Internacional de Rescate tramit贸 mi pasaje y ha continuado ayud谩ndome. Ahora estoy bien. Vivo con mi t铆o y asisto a una escuela en la que aprendo ingl茅s. Todav铆a espero poder estudiar para ser un artista. Quiero ser un buen ciudadano y hacer alguna aportaci贸n a este pa铆s, por mi amor a 茅l. Puedes oler la libertad en el aire.

A menudo pienso en mi amigo Jorge. Los dos conoc铆amos el peligro al que nos enfrent谩bamos y que pod铆amos morir en nuestro intento de escapar de Cuba. Pero vali贸 la pena arriesgarse. A煤n y conociendo los riesgos, volver铆a a intentarescapar otra vez.

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