Publicado por Jacobo G. García en El Mundo (26/Nov/2009)
El aeropuerto de Tegucigalpa es moderno y pequeño. Tan pequeño que se ha convertido en uno de los más peligrosos del continente y de vez en cuando los aviones se salen de la pista y se estampan contra las casas cercanas. La última vez en junio de 2008, en un accidente que dejó cinco muertos y decenas de heridos. Pero aunque sólo unos pocos vuelos internacionales se atreven a parar en Toncontín, cada día muchos niños acuden de la mano de sus padres a ver, con la nariz pegada en el cristal, como aterrizan y despegan los aviones. El único espectáculo gratis que ofrece una ciudad como Tegucigalpa.
A muchos kilómetros de ahí, en los departamentos de Yoro (tierra natal de Micheletti), de Olancho (lugar de nacimiento del derrocado Manuel Zelaya y el candidato que este domingo aspira a sustituirlo en las urnas, Porfirio Lobo) de Colón o de Gracias a Dios, también aterriza otro avión cada semana.
Lo hace en medio de la selva y los manglares en una región horadada por ‘narcopistas’ de aterrizaje. Una zona tan agreste que a Cristóbal Colón se le atribuye, durante su cuarto viaje a América y después de zozobrar, la frase que dio nombre al país y la región; “Gracias a Dios que salimos de estas honduras”.
Son pequeñas Zegna o Antonov cargadas de droga, armas o dinero y que han hecho de Honduras el lugar favorito para hacer escala de los grandes cárteles mexicanos en su camino hacia Estados Unidos. Vuelan bajo y aprovechando la noche y hasta el mes de noviembre han logrado aterrizar en 49 ocasiones multiplicando por tres el número de “narcoavionetas” de 2008.
Una vez en tierra, la mayoría son incineradas o quedaron inservible durante el aterrizaje. Es un negocio tan rentable que el ‘narco’ prefiere incinerar un aparato de cuatro millones de dólares (2’5 millones de euros) para borrar evidencias, antes de dejar que caiga en manos de la policía.
“Aquí nadie cree en extraterrestres, todo el mundo está acostumbrado a mirar al cielo y ver luces sobrevolando la zona cuando cae la noche…y todo el mundo sabe que son avionetas con droga”, explica el dueño de un cibercafé de Olancho. Es “coca-air, la aerolínea más puntual” como dicen sarcásticamente los habitantes de la zona. Una guasa a la que se suma la prensa local cuando señala que la Fuerza Aérea Hondureña nunca había contado en sus hangares con tantos aviones como ahora. Aunque ninguno es de combate ni sirve para el transporte de tropas si no que han sido incautados al narcotráfico.

Aterrizaje en el barro

Una de las últimas aterrizó a mediados de octubre en Olancho y lo hizo en mitad del barro. Dos improvisadas hileras de bombillas conectadas a unas baterías de coche sirvieron para mostrar la pista en mitad de verde. Otras veces es suficiente un montón de botes de aceite y una mecha colocados en fila. Las autoridades revelaron que la nave era una versión moderna del Antonov ruso de dos motores, con matrícula venezolana y quedó varado al final una la pista de 1.500 metros, construida pocos días antes con un tractor. La encontraron vacía y traía casi una tonelada de cocaína.
Las “narcoavionetas” caen en lugares distantes, cuando la policía llega ya han sacado la droga. “Esto es lo que conocemos o nos damos cuenta, ¿y las que no son detectadas? Realmente no sabemos la cantidad exacta que está ingresando al país” explica Rodolfo Galo, fiscal contra el crimen organizado.
En 2005 la policía se incautó de 55 kilos de cocaína, en lo que va de 2009 son ya 6.655 kilos. Sólo en cuatro de las once “narcoavionetas” que se han precipitado a tierra se recogió la mitad de toda la droga incautada en el país.
Estados Unidos ha mostrado su preocupación ante auge de este corredor Venezuela-Honduras-México que ha multiplicado de forma exponencial la llegada de avionetas. Y es que mientras todo el país sigue pendiente de lo que ocurre en la capital el defensor del pueblo, Ramón Custodio, ha alertado de que Honduras va camino de convertirse en un ‘narcoestado’.